domingo, 21 de noviembre de 2010

BALDERRAMA , MERCEDES SOSA ARGENTINOS VANDALOS 1

sábado, 6 de noviembre de 2010

CORRER ES DE VALIENTES



Correr es de valientes,
al contrario de lo que pueda opinar
algún "tonto" aspirante a humorista...
Huir sí es de cobardes; no enfrentarse
a la pereza es de cobardes
mirar hacia otro lado ante los problemas
es de cobardes....

Mirarle a los ojos al sufrimiento y vencerlo
es de valientes.
Saber apretar los dientes y los puños y tirar para adelante
es de valientes.

Cualquier persona inteligente sabe que la Poesía
no necesita papel y tinta para existir.
que las mejores metáforas no son las que se escriben
sino las que se encarnan
y vivifican a través del comportamiento.

Por eso correr es de Valientes...
igual que Don Quijote hacia los molinos,
que Ulises hacia Ítaca
igual que Frodo hacia el Monte del Destino.

Correr es una metáfora; una forma de meditación,
una forma de forjar la tenacidad,
de ir un poco más allá,
de soportar un poco más
cuando extenuado crees haberlo dado todo.
Es un camino a de autoperfeccionamiento,
un viaje al centro de uno mismo.

Que ningún perezoso pusilánime vuelva
a decir que correr es de cobardes.

Cuando miren a un corredor
estarán viendo a alguien que ha elegigo
enfrentarse al sufrimiento, que ha optado
por vencer, por purificarse a través
del esfuerzo...

Si son iteligentes
estarán ad-mirando a alguien
que ha decidido no desfallecer
ante el des-aliento, que no va
a bajar los brazos ante la adversidad,
que no va a tirar la toalla, que no se va a dejar vencer;
en fín... a alguien que entrena su Voluntad
para levantarse por encima de la Oscuridad y el Miedo.

A correr!

lunes, 20 de septiembre de 2010

Pasar a la Historia

Pasar a la Historia


La arena de la playa reflejaba la luz del sol de una manera que a Cornelio le pareció rabiosamente hermosa. La noche anterior la había pasado celebrando su cumpleaños junto s su mujer Sofía y su cuñado Genaro divagando hasta bien entrada la madrugada sobre los dones y beneficios de la jubilación tras una vida colmada de esfuerzos como maestro de escuela. “Adoro mi trabajo”, decía Cornelio cada vez que le felicitaban por su jubilación. Y era cierto, Cornelio no sabía que haría con todo el tiempo redundante que se le iba acumular entre las manos. “Uno no puede estar todo el tiempo viajando de un lado para otro… como si tratara de esconderse de algo”.

Contemplando la belleza del rompeolas, su agitación espumosa, su profundo colorido submarino, su fragante caricia volvió a recordar a los fenicios. Tantas veces los había referido en clase, y otras tantas cada vez que fijaba la mirada en el horizonte marino que llegaron a creerlo al borde de la obsesión.
- Hace casi tres mil años ya navegaban los fenicios por estas mismas aguas. No es difícil imaginarlos con sus barbas y sus túnicas y sus ánforas llenas de tesoros en busca de Tharsis… Por este mismo – se decía- con olas idénticas a estas acompañándolos igual que me acompañan hoy a mi… tres mil años después. Tampoco es difícil imaginarlos encaramados al velamen escrutando su ruta… pensando seguro en sus problemas cotidianos; en cada mujer dejada atrás en cualquier puerto, en las deudas, en el porvenir,.., en la supervivencia al fin y al cabo.

Lo que más me molesta, decía, de jubilarme es no saber a ciencia cierta si mi trabajo… si el fruto de mi trabajo me sobrevivirá. Entonces se concentraba en el tacto de sus manos, las apretaba, como si quisiera hacerse presente; absolutamente presente. “Cuando se aprende Historia inevitablemente también se aprende su olvido- solía decir-; aprehende cuantos fueron olvidados por la Historia”. Su cuñado Genaro le reprochaba que esos pensamientos no podían traerle nada bueno:”¡Otra vez con la matraca de los fenicios!- le decía. ¿Acaso no puedes vivir en paz como cualquier hijo de vecino?”


La mar en calma era profundamente azul. En el cielo ni una minúscula nube manchaba el inmaculado lienzo celeste, sólo gaviotas revoloteando y graznando juguetonas. Cornelio se ató el nudo del bañador y dirigió sus pasos hacia la orilla donde las olitas murmuraban gozosas el idioma del océano. Comenzó a mojarse la barriga, las muñecas… la nuca; el mismo ritual de siempre mientras ojeaba el horizonte pensando en los fenicios. Apenas prestó atención a los bañistas que jugaban y charlaban en la orilla. Todo era calma, placidez… como cualquier mañana de Agosto.

Cornelio se sumergió y comenzó a nadar. En ese momento ya no pensaba en nada más que en lo placentero que le resultaba nadar; la frescura del agua, la ingravidez… en la magia de tener un contacto puro con la naturaleza. Le gustaba alejarse de la orilla, sentirse rodeado de océano. Después se relajaba y se dejaba mecer por las olas. Un buen rato estuvo con los ojos cerrados sin mover un músculo. Cuando miró hacia la orilla le extrañó que todos los bañistas lo miraran y señalaran con el dedo. Afinó sus sentidos y trató de adivinar. “¿Qué demonios?” A una distancia de veinte metros una enorme aleta de tiburón se dirigía directamente hacia él. Cornelio creyó que le explotaba el corazón; latiendo al máximo de sus pulsaciones el tiempo se detuvo.”No!- gritó sin voz hacía dentro- No! No!”

Los ojos de su madre orgullosos, él llorando en la puerta de la guardería, su hermanita Ana recién nacida, jugando a las canicas en la calle, de cacería de madrugada, la primera cerveza, el acné juvenil, la primera vez que vio a Sofía, la primera vez, en la universidad, madrugadas de café y bostezos, su primera clase, el nacimiento de sus hijos Alberto y Rosa… Imágenes que corrían y se aglutinaban en su cerebro co-existiendo imposiblemente ubicuas.

Cornelio escuchó su propio grito: -“No!!”. Al abrir los ojos la realidad transcurría lentamente y sin sonido. Su cerebro dañado por la brutalidad de la súbita amenaza estaba colapsado. No sentía su cuerpo, nada, como si hubiera empezado a existir al margen de él. Veía acercarse la aleta desplazando el agua a su paso lentamente, elegantemente e incluso con cierta majestuosidad hipnótica. Nunca había visto un tiburón. Pensó irónicamente que sería lo último que vería. Y le sorprendió tanto su ironía como ver un tiburón en esas aguas. La aleta se acercaba a cada segundo y el pensamiento de Cornelio estaba fuera de control:” Mi último pensamiento- se decía- debería ser brillante…!”

¿Habría muerto algún fenicio en aquellas aguas devorado por algún tiburón? No había noticia alguna. De hecho no se tenían noticias de un ataque de tiburón en esas aguas en toda la Historia. Él sería el primero. Fogonazos de imágenes anticipadoras del futuro empezaron a inundar su mente de manera espontánea. Los restos de su cuerpo mutilado tapado por una sábana blanca custodiado por la Guardia Civil, fotografías en multitud de noticias en los distintos periódicos de tirada nacional, reportajes en todos los noticieros televisivos, personas anónimas refiriendo a otros lo ocurrido; lo ocurrido a Cornelio, el primer bañista devorado por un tiburón. Su muerte le daría la fama y el reconocimiento que le había escamoteado su vida. Pasaría a la Historia como los fenicios. Su muerte no sería el final; sobreviviría.

Chapoteaba ahora con los brazos tratando de llamar la atención trastornado por su delirio de grandeza.”Ven a mí- empezó extrañado con la voz en grito- Ven a mí maldito hijo de puta!” Fuera de sí gritaba y gesticulaba ante la inminencia del final. La aleta chisporroteaba y se deslizaba mecánicamente e indiferente ante la agonía de su víctima. Al ver la dentada cabeza del escualo Cornelio pensó en Sofía. Toda la vida juntos y ahora de repente… el final. La imaginaba llorando, desplomándose sobre su descuartizado cadáver, languidecer en su soledad… y no pudo soportarlo. Desde lo más hondo lanzó un desgarrador aullido tan desesperado y vehementemente poderoso que la aleta cambió de rumbo y comenzó a alejarse lentamente.

Cornelio volvió a sentirse el corazón y el miedo correr por las venas. Mientras observaba alejarse la aleta comenzó a pensar en la delgada línea roja entre el ahora y la eternidad. Cuando su mirada quedó fija en el horizonte no pudo evitar preguntarse si algún fenicio habría estado a punto de ser devorado por un tiburón.



18 sep. 2010 Javier Reyes

miércoles, 19 de mayo de 2010